lunes, 24 de noviembre de 2008

¡Y van mil!


Bueno, una vez traspasado el umbral de las 1000 entradas, cosa que me hace muy feliz, quiero agradecer en este post a todos aquellos que van siguiendo este blog.




Agradezco mucho las correcciones que me indican, como ha sido la última en la que yo puse: "Hay van unas fotos,..." y con toda educación me corrigió: "Ahí van unas fotos..." La barbaridad era tan grande que corrí a corregir el texto. Juro que si yo le leo eso a alguien, dejo de hacerlo. Pero tendré que aprender a disculpar los errores ajenos porque yo también los cometo. ¡Y garrafales!




A todos los comentarios que vais haciendo porque me enriquecen, al igual que las propuestas, o indicaciones, porque me ayudan a trabajar mejor.




Como me han pedido ( vale sí, sólo ha sido Pilar) que incluya aquí algún relato de trenes, os dejo uno ya escrito hace algún tiempo, que da muchas satisfacciones e incluso algún premio. ¡Para un relato que tengo, habrá que sacarle partido...!



Gracias a todos y a ver si le sigo dando continuidad al blog, que de verdad, me produce muchas alegrías A quien tenga tiempo, le dejo con el relato.



La oportunidad


Vino, primero pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.

Juan Ramón Jiménez





Cruzó su mirada con la mía. Se encontraba sentada tres asientos más allá. Durante el trayecto estuvo cerca y no la vi. Viajábamos en el mismo vagón de tren. Hasta ese momento, elucubraciones aparte, me había distraído oyendo susurrantes conversaciones de las que no comprendía las claves, lejanos ecos de niños chillones, bostezos y toses perrunas de varios pasajeros e incluso voceos de un borracho situado al final del vagón. Todo ello al tiempo que intentaba centrarme en la lectura de un poemario de Juan Ramón Jiménez. ¡Difícil tarea!
Cada viaje que realizo comienza con la ilusión por lo desconocido, siempre pendiente de una situación, una coincidencia o una sorpresa. Saber que esas cuatro o cinco horas de viaje pueden llevarme por caminos inexplorados hace que viva los preparativos con esperanza y, para que negarlo, con cierto temor. Pero este no tiene la fuerza suficiente como para acobardarme y sí para empujarme con anhelo en brazos de la aventura. Cierto es que al final nunca ocurre nada destacable pero cada salida renueva mi ensueño.
En esta ocasión, tras cuatro horas de aburrido viaje, abandoné la esperanza de que ocurriera un suceso capaz de romper tanta monotonía y me dediqué al lúcido pasatiempo de intentar calcular mentalmente la velocidad del tren, cronómetro en mano y con las referencias kilométricas de la vía. Aún quedaban dos horas de tedio.
Cuando mis aproximaciones alcanzaban ya los metros por segundo, ella se levantó del asiento para quitarse el abrigo. Comprendí su agobio. La calefacción estaba regulada a muy alta temperatura. Nada que envidiar a la del desierto del Sahara a las dos de la tarde. Su movimiento rompió la quietud reinante en el vagón y el adormecimiento general provocado por el traqueteo del tren. Me obligó a olvidar mis cuentas.
No pude apartar mi vista de ella. Era preciosa y alta y compensada. Su cuerpo quedaba bien perfilado por la ajustada ropa que vestía. Ni le sobraba ni le faltaba nada. Piernas largas y fuertes, pechos redondos de tamaño perfecto. Y su rostro de mujer madura, aparentaba contención, clasicismo y elegancia. Al levantarse, su larga melena color azabache describió un ondulado y elegante movimiento en el aire y provocó que su perfume de mujer inundara el contaminado ambiente del vagón de fumadores. Era un ángel. Se quitó el abrigo, sin dejar de observarme. Yo estaba hipnotizado. Al sentarse de nuevo, me sonrió. Sí, a mí. Giró ligeramente la cabeza hacia la ventana y quedó quieta. ¡Con qué estilo actuó!
Tras ese instante quedé convencido de que entre ambos se podía construir un sólido puente y, por supuesto, yo sería el arquitecto. Empecé a pergeñar el proyecto. La dificultad estribaba en que el tiempo iba en mi contra. El fin venía marcado por la duración del trayecto. Decidí verla de nuevo. Tenía que asegurarme. Encontré una buena excusa: me dirigí hacia el vater.
Al pasar a su lado, levantó la cabeza y de nuevo su mirada chocó con la mía. Sus ojos verde esmeralda brillaron. El corazón me dio un vuelco. Y otro más cuando de nuevo me sonrió. Mi ritmo cardíaco sufrió una violenta alteración. Necesité refrescarme la cara. Con las dudas disipadas, volví a mi asiento. Era una diosa, mi diosa y debía esperar mi oportunidad. Traté de calmarme con la lectura. Pero ocurrió lo de siempre: ésta acierta en nuestro camino.

“Eres tan bella
tú, como el prado tierno tras el arcoiris,
en la siesta callada de agua y sol;
como el rizado de la primavera,
contra el sol de la aurora...

Quise levantarme, acercarme a ella y leerle esos bellos poemas. Pero no me atreví. Mis dotes de recitador no estaban perfeccionadas y seguro que me hubiera atragantado a media lectura. Cerré el libro, crucé los dedos y recé al destino para que jugara su papel. Siempre podría reconvenirle por el fracaso. El tiempo jugaba en mi contra, el viaje tenía fin.
Mis ruegos fueron oídos. Ella se incorporó de su asiento y se encaminó hacia el bar. La vi pasar a mi lado. La seguí con la mirada. Esperé. Intenté contar hasta diez para después seguirla pero me sentí atado. Conté nuevamente. Imposible la reacción, estaba asustado. Mis vergüenzas me encorajinaban. Me insulté, pero seguía en el sitio. Pensé entonces en mis soledades y en mi diosa y obtuve la fuerza necesaria para ponerme en pié. La suerte estaba echada. Me encaminé tras ella.
La vi en el fondo del vagón. Sentada en un taburete, frente a la barra. Decidí no parar hasta ponerme a su lado. Sin respirar. Sin dilaciones. Si no lo hacía así, tenía la certeza de que se desvanecería. Ella me vio. Y me miró de nuevo. Y me sonrió. Yo también lo hice.
Faltaban tres metros para estar a su lado. Mi corazón pugnaba por salir de la caja torácica. Sonó un móvil. El suyo. Ella contestó. Yo quedé a la espera.
- ¡¿Si....?! ¡Soy la Chelo...! ¡... que se joda y le den por el culo...! ...

Aún oía su voz gritona y cazallera dirigiéndose al móvil cuando volví de nuevo a mi asiento, a mis lecturas, a mis escuchas de conversaciones inconexas, de toses y de llantos de algún niño aburrido en este viaje de tan largo recorrido.







4 comentarios:

Pilar dijo...

Jajajajja, me ha encantado Javier, en serio, jajajja. Qué bueno!Comparto el hecho de subir a un tren y esperar que ocurra algo, siempre me fijo en las personas, en los hombres (algunos realmente guapos) que se cruzan en mi camino. Incluso comparto el haberme encontrado con alguna chabacana hablando por el movil con su amiga "la Jenny" contandole que "el loko" se la había "tirao" el jueves en un baño, jajajja. Así es la vida amigo.
Muchas gracias por colgarlo, y felicitaciones por tus mil!!!
Besos

Javier dijo...

Como verás Pilar, me gusta el asunto de los trenes en los relatos. No sé porqué me llaman mucho la atención las estaciones, los trenes, etc.

Y claro, ¿qué fue primero, la realidad o la ficción? El relato se me ocurrió al leer ese poema de JRJ. Me pareció tan delicado que creí oportuno contraponerle alguna situación un poco bárbara. En fin, los caminos del relato son inescrutables.
Y claro,los guapos también viajamos en tren. Je.

Un beso

Manuel dijo...

Muchísimas felicidaddes!!!.

Creo que ahora ya podré colgar algún relato de nuevo, ¿verdad?. Tu ya te has consagrado después de 1000, así que tendrás que dejar paso "a la juventud".

¿Nos encotnramos por aqui para celebrar los 2000?

Javier dijo...

Manuel:

Espero con ganas leer esos relatos. ¡Si es que tocas todos los palos!
Yo siempre he dicho que escribir un relato es una liberación. Me imagino que en poesía, donde los pensamientos y sentimientos son tan,tan profundos, sacarlos fuera debe aproximarse al orgasmo.

Nos vemos

Un abrazo