sábado, 25 de octubre de 2008

Iniciación a la escritura


Como veréis, en la cabecera de este blog aparece la Asociación de Escritores a la que pertenezco. No es que seamos muchos, pero nos movemos con ilusión y tratamos de multiplicar nuestros esfuerzos para que lleguen al mayor número de lectores posible. La nueva actividad consiste en la creación de una tertulia literaria tanto en presencial como en la red. Para que veáis por dónde van los tiros, os voy a copiar el texto que como iniciación del curso ha hecho Santiago Solano. Para quien esté interesado en escribir creo que vale la pena. Y a quien le guste leer, que vea un poco el nivel de dudas que nos desata siempre esta afición que tenemos por la escritura. Me encanta en su fondo y en su forma.


TERTULIA LITERARIA


1.- NUESTRO PROPIO RINCÓN

El sueño de todo aquel que se plantea escribir es hacerlo en una casa grande con una hermosa vista sobre el mar batiendo sus olas a través de grandes ventanales, un perro muy peludo dormitando junto a una chimenea en el salón, una piscina en el jardín trasero y un par de ca­ballos en la cuadra para dar paseos por el bosque circundante. Eso se­ría estupendo, qué duda cabe. Son las condiciones ideales para escri­bir, desde luego, pero también para pintar o para componer música. O para vivir, simplemente. Yo también lo quiero.
Pero hablamos de escribir, no de soñar despiertos. En una casa así imagino que se debe de vivir muy bien, pero, puedes creerme, no se escribe mejor. Y hasta es muy probable que, llegados a ese punto, nos digamos: «Ya está. Tengo la casa. Ya no quiero escribir. Ahora, a vi­vir. » Y es más que comprensible. Quien espere a tener esas condicio­nes mínimas antes de sentarse a escribir, en realidad no quiere escri­bir en absoluto. En la historia de la literatura, en las biografías de los escritores, encontraremos muy pocos autores que hayan trabajado o trabajen en esas condiciones.
Ahora bien, como dice el dicho: «Una cosa es una cosa, y otra es otra.» Lo cual es aplicable a casi todo en esta vida. Y si hablamos de condi­ciones previas a la escritura, del lugar desde donde se escribe, hay que reconocer que hay lugares adecuados y lugares inadecuados. Muy bien.
¿Y cuál es el lugar adecuado, si puede saberse? Pues la verdad es que hay miles, casi infinitos, y cada cual tiene que buscar el suyo propio. Básicamente, se podría decir que el espacio físico adecuado para la escri­tura es el mismo que el espacio adecuado para estudiar. Tal vez entre los mejores esté el de una mesa ordenada, con algunos libros de con­sulta a mano (diccionarios, libros de estilo, nuestro autor preferido...), un cuaderno agradable, una pluma o bolígrafo que escriba bien, a ve­ces un ordenador, temperatura agradable (ni frío ni calor), un foco de luz a la izquierda (o a la derecha para los zurdos), sin gente alre­dedor que nos distraiga y, por supuesto, sin un televisor encendido tratando de atrapar nuestra atención. Son los consejos que le daría­mos a cualquier estudiante que quisiera mejorar sus hábitos de estu­dio. Y son los que yo doy para mejorar las condiciones previas a la es­critura. Siendo razonables, habrá que reconocer que este lugar es bastante más fácil de conseguir que el primero, el de la casa junto al mar. Y no es peor en ningún aspecto relacionado con la creatividad o la posible calidad de lo que vayamos a escribir. Al contrario: es más real, más nuestro, más de verdad.
Hay ocasiones en las que ni tan siquiera podemos encontrar un lugar tranquilo en nuestra propia casa. Para esos casos hay que ser tan ca­bezotas como imaginativos. Existen bibliotecas, bancos en los parques, salas de espera en estaciones de trenes, autobuses y aeropuertos... Hasta los hospitales, iglesias y tanatorios, si llega el caso, pueden ser en al­gún instante lugares apropiados. Tendremos que buscar nuestro pro­pio rincón.
Cuentan que un escritor hoy suficientemente conocido vivía con sus padres en una casa muy pequeña. La madre y la abuela tenían encendida la televisión todo el día, y no tenía una habitación propia (dormía en el salón, en una cama que sa­lía del interior del sofá familiar). No había lugar en donde concen­trarse. Finalmente, se encerró en el cuarto de baño, puso unos coji­nes sobre la bañera y se sentó en su interior, a salvo de todos, para poder escribir. Tal vez no era el lugar ideal, pero si a él le servía pa­ra escribir, podía empezar a serlo. Me contaron también el caso de una mujer a la que su marido y sus hijos tomaban el pelo cada vez que se ponía a escribir: «¿Qué haces? ¿Por qué no dejas de escribir bo­badas y de perder el tiempo? ¿Qué vamos a cenar hoy? ¿Qué crees, que te van a dar el premio Nobel?» Ella sabía que nunca iba a conseguir que respetaran su necesidad de escribir, así que buscó un lugar a sal­vo de las agresiones, fuera de la casa: se sentaba en una cafetería, y a veces en el interior de su propio coche, y escribía... Luego compraba rápidamente algo para cenar y al regresar a su casa decía que había tardado mucho porque las colas en el mercado ese día eran horrorosas. También vale.
En realidad, el lugar desde donde se escribe, una vez que estamos en el proceso, sólo está presente en las primeras líneas. Una vez que en­tramos en el mundo de la escritura, dejamos de estar ante esa mesa, o bajo ese árbol, o en el interior de la cafetería que nos acoge, y nos trasladamos al mundo en el que sucede la historia que estamos con­tando. Hay un momento, que muchos autores definen como «mági­co», en el que las paredes que nos rodean desaparecen y nos vemos embarcados en un galeón pirata, en un bosque impenetrable o suspendido en el aire por un paracaídas.
Hay un espacio real, lógico, en el que vivimos. Es un mundo visible y objetivo, palpable, común, en el que nos movemos con cierta soltu­ra. Pero también existe otro espacio, el de los sueños, que parece igual­mente verdadero, al menos cuando estamos inmersos en él, pero que no podemos controlar. Ese espacio de los sueños, al que nos vemos arras­trados cada noche, funciona con una lógica que se nos escapa, es irreal, y habitualmente nos parece absurdo. Está ahí, sin duda, y aunque lo fabriquemos nosotros mismos, desde el inconsciente, apenas podemos entenderlo. Es otro mundo. Pero hay un tercer espacio que no es ni uno ni otro. O, mejor dicho, que es un poco uno y un poco otro. Es un lugar fronterizo entre la realidad y el sueño, un lugar intermedio, que el psiquiatra D. W. Winnicott llama espacio transicional.
¿Y a qué viene esto? Pues a mucho, porque es justamente en ese lu­gar intermedio, transitorio entre la realidad tangible y el sueño im­palpable, en donde se sitúa la creación literaria. Ángel Zapata diría que es como el cuarto de juegos del escritor. El escritor, en el momento de la escritura, debe comportarse como un niño cuando juega: un za­pato alzado sobre la mano y planeando es una nave espacial que viaja rumbo a Urano, la cama es un barco velero que va a la deriva tras un accidente... Si el niño no cree que las cosas sean así, se acabó el jue­go, dejará de ser divertido remar con la escoba al borde de la cama. Si el escritor no se sumerge, no se cree, no vive la historia que está escribiendo, deja de ser divertido, deja de ser creativo, deja de ser es­critor. Puede fingir, muchos lo hacen, pero va a tener que hacerlo muy, pero que muy bien para engañar al lector. En todo caso, a sí mismo no se podrá engañar, así que dejará de jugar, dejará de escribir, muy pronto.
Escribir en ese espacio transicional no es sinónimo de estar loco, o todos los niños lo están. El niño, navegando en el barco-cama, sabe descender de él cuando su padre lo llama para que se tome la me­rienda. Es un barco o es una cama, depende de si está jugando o es­tá merendando. Ahí no hay esquizofrenia, sino desarrollo de la ima­ginación. Es el mismo mecanismo que usa el escritor cuando nos describe una trinchera asediada como si estuviera allí. Y es que está allí.

2.- UNA SUGERENCIA

Queda con un amigo o una amiga para escribir en un café (a ser po­sible, de estilo antiguo, con mesitas de mármol, sin máquinas traga­perras ni televisión). Fijad una hora, una o dos veces por semana y, después de un cuarto de hora de saludos, charla y llamadas al ca­marero, poneos a escribir. Al menos una hora de silencio, de escri­tura sin interrupciones. Es como ir al cine, pero aquí los actores y la trama los pones tú. Julio Cortázar reconoció en una entrevista que la mayor parte de Rayuela había sido escrita en varios cafés de París. Y es que tiene sus ventajas: no suena el teléfono, no hay niños distrayendo, no te puedes poner la excusa de que hay que ordenar el cuarto... Es como un viaje: sólo tienes que escribir.

3.- SE PARECE A...

Prepararse para jugar... y empezar a ju­gar. Zambullirse en la escritura-juego sin más retrasos. ¿Acaso un niño acep­taría esperar a que llegue el próximo fin de semana, o las vacaciones de ve­rano, para disfrutar del juego? El niño, el escritor, desea jugar, o escribir, no sólo dentro de unos días, sino también hoy mismo. Aunque sea sólo un ratito. Y mañana también, por lo menos otro rato. Es tan necesario como comer, o lavarse la cara, o descansar por la noche.

4.- PONTE A ESCRIBIR

Redistribuye tu tiempo y tu espacio. Hazte un plan para empezar a escri­bir cada día en un lugar y a una hora determinados. Reserva un espacio pri­vado (puede ser una mesa, un cajón, un estante de la librería, una carpeta con separadores, una caja de zapa­tos...) donde almacenar tus materia­les preferidos de escritura: cuaderno, folios, lápiz, pluma, apuntes o libros sobre el tema. Defiende ese peque­ño territorio y tiempo de libertad e in­dependencia tuyas con firmeza, o guárdalas en un escondite o, si es ne­cesario, bajo llave. Ponlo en marcha. No te desanimes. A las cuatro sema­nas, nadie, ni siquiera tú, podrá du­dar de que ese espacio y ese tiempo te pertenecen.


5.- VIVIR DOS VECES
El escritor vive dos veces. Lleva su propia vida cotidiana, y en ella corre como todo el mundo yendo a comprar, atrave­sando la calle, vistiéndose por la mañana para ir a trabajar. Pero el escritor ha entrenado, al mismo tiempo, otra parte de sí mismo. La que vuelve a vivir todo esto por segunda vez. La que se sienta y vuelve a recorrer mentalmente todo lo que ha sucedido, deteniéndose a observar su consistencia y sus detalles.
Cuando estalla un temporal, todos corren por las calles de aquí para allá con paraguas, impermeables, diarios en la cabeza. El escritor vuelve a salir bajo la lluvia con la libreta de apuntes en la mano y la pluma entre los dedos. El escritor observa los charcos, los ve llenarse, ve como las gotas de lluvia puntúan la superficie. Se podría decir que el escritor se ejercita en ser estúpido. Sólo un estúpido se quedaría bajo la lluvia mirando un charco. Si uno es listo, intenta no quedarse bajo la lluvia para evitar los resfriados, y, de todas formas, en caso de enfermedad se ha asegurado de antemano. Si uno es tonto, se interesa más por los charcos que por su propia salud, las pólizas de seguro o la puntualidad en el trabajo.
Por último, uno está más interesado en volver a vivir su propia existencia escribiendo, que en hacer dinero. Bueno, entendámonos: también a los escritores les gusta hacer dine­ro; también a los artistas, contrariamente a lo que normalmente se piensa, les gusta comer. Sólo que, para ellos, el dinero no es la motivación principal. Personalmente, si tengo tiempo para escribir me siento muy ric0, mientras que me siento muy pobre si tengo un sueldo regular pero no tengo tiempo para mi verdadero trabajo. Pensad en ello. El patrono nos da un sueldo a cambio de nuestro tiempo. El tiempo es la mercancía de mayor valor que un ser humano puede ofrecer. Trocamos el tiempo de nuestra vida por dinero. El escritor se detiene en el primer paso, el propio tiempo, y le atribuye un valor aún antes de recibir a cambio un dinero. El escritor tiene muchísi­mo aprecio a su propio tiempo, y no tiene tanta prisa por venderlo. Es como heredar un terreno de la familia. Este terreno siempre ha pertenecido a la familia, desde tiempo inmemorial. Viene alguien y ofrece comprarlo. El escritor, si es listo, no venderá demasiado. Sabe bien que, una vez vendido el terreno, podrá incluso comprarse un segundo coche, pero ya no tendrá un lugar donde refugiarse, ya no tendrá un lugar donde soñar.
Por eso, si queremos escribir, no es malo que seamos un poco tontos. Dentro de nosotros existe una persona a la cual no se le puede dar prisa, una persona que necesita tiempo y nos impide entregarlo todo. Esta persona necesita un sitio a donde ir, y nos obliga a mirar fijamente los charcos bajo la lluvia, casi siempre sin sombrero, y a sentir las gotas que caen sobre la cabeza.












Bibliografía:
PÁEZ, Enrique, ESCRIBIR (MANUAL DE TÉCNICAS NARRATIVAS, SM, 2008
GOLDBERG, Natalie, EL GOZO DE ESCRIBIR, La liebre de Marzo, Marzo 2008











SEMANA DE 22 AL 26 DE OCTUBRE 2008
PUNTOS DE REFLEXIÓN

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Javier.
Creo que debo corregirte alguna expresión en este capitulado.
Si dices que yo he hecho el texto para el inicio de la tertulia, escribes con inexactitud.
Más bien habría que decir que he utilizado textos de Enrique Páez y Natalie Goldberg. Textos copiados literalmente en muchos momentos, con pequeñas variaciones que me he sacado de la manga oscura del Doctor No. Ten en cuenta que estos textos estaban previstos para un debate en un entorno privado, no público, textos corta pegados con la intención, con la única intención, de animaros a buscar ese espacio personal único al que sólo cada escritor le está permitido acceder. El espacio para escribir único y deferenciado de cada cual.
La cita bibliográfica de los libros es exacta. Sirva esto para alentar a la compra de los mismo. Y más que nada para su estudio y memorización, que estimo oportuno para todo aquel que quiera tener una buena base en la que sujetar sus escritos.
Desde aquí mi admiración personal por Enrique y Natalie.
Un saludo cordial.
Santiago Solano

Anónimo dijo...

Hola,Javier: Ya sabes que me gusta leerte,así que no te queda mas remedio que ponerte las pilas,además con tal maestro,como Santiago,al que leo y admiro,escribiendo en tu blog,has de hacer honor a tu ilustre colaborador.
Esta noche volví a dejar el papel,para regresar a tu rincón literario,por cierto,no te agobies por el relato fantástico,solo con observar a tu alrededor,te darás cuenta,que la realidad supera a la ficción y que solo hay que darle forma y eso tú,lo sabes hacer..
A proposito de la escritura y el comentario de textos de Enrique,Natalia y aprovechando la tertulia literaria,quiero manifestar mi opinión,y es que pienso que para crear,efectivamente,necesitamos oir a nuestras voces interiores,creer en lo que estamos creando y estar atentos a la llamada de las musas,necesitamos echar afuera las emociones al igual que el volcan ,la lava..

Anónimo dijo...

Y esos sentimientos los hacen suyos los que nos leen,necesitamos que nos lean,es parte del proceso,pero despues llega el que esa escritura se haga arte y eso ya es mas dificil,amigo,porque ya no solo hay que tener emociones,hay que vestirlas con precisión,hay que buscar la palabra precisa,el ritmo adecuado..el acento oportuno y eso del método y la gramatica hay que trabajarselo mucho...o no ?
En esa comunión de sentimientos y "oficio" se reconoce al escritor..creo..o no?

Anónimo dijo...

Una amiga mía escribe en el autobús, en ese espacio de minutos perdidos han nacido diversos poemas, muy buenos por cierto.
En cuanto al lugar... da lo mismo, lo principal como dice el artículo es la actitud, la disposición, las ganas o la necesidad de escribir.
Saludos cordiales.
Gloria